BOTINES - DIA 1

  

LOS BOTINES DE CARLITOS

Ariel Gouric (Argentina)


Carlitos fue el primero de los chicos del equipo en querer tener botines para jugar al fútbol, sin embargo, para nosotros esa no era una cuestión que nos preocupara mucho, más bien pensamos toda esa semana en el desafío que nos esperaba, ya que nuestro próximo partido era, nada más y nada menos, que contra los chicos que vivían detrás de la canchita de tierra, los amigos de Fazio, el pibe más malo del colegio, el que le pegaba a todos los demás. 

Y para peor, sobre el partido pesaba una apuesta terrible: si perdíamos, teníamos que pagarles la coca al equipo rival y para eso se necesitaba plata, y no había. 

El desafío ya estaba aceptado, y no se podía volver atrás, sino ¿de qué manera volveríamos a la cancha? Nos tendríamos que olvidar de jugar en ella para siempre, y para nosotros esa era nuestra cancha. 

Carlitos estaba en una situación económica un poco mejor que el resto de nosotros: su papá manejaba un taxi. Vivían en la casa más linda de la cuadra, en la esquina, y cuando él nos invitaba a tomar la leche chocolatada, su mamá nos sorprendía con unas cucharadas generosas de Neskuik imposibles de olvidar.

    Nuestros rivales eran conocidos como los guapos de la cancha de lengua. Y sí, decididamente ellos jugaban muy bien, nadie quería enfrentarlos, ya que si no ganaban por las buenas a veces lo hacían por las malas. Los guapos se consideraban locales porque vivían al fondo de los terrenos de la cancha, y nosotros también nos considerábamos locales porque estábamos del otro lado donde comenzaba la avenida asfaltada y también reclamamos la localía. Esa cuestión de fondo pesaba mucho.

  Para Carlitos, los botines eran toda una obsesión. Enloqueció a sus padres durante días, transformando el tema en una cuestión de estado en su familia. Hizo lo imposible para tenerlos, ya que pensaba que gracias a ellos podría jugar mejor, y así tal vez dejaría de ser la burla de los chicos del equipo. La mayoría de nosotros no éramos virtuosos, el único quizá era Jonathan, quien hacía paredes con mi hermano y gambeteaba lindo.

  Pero ese día, cuando se apareció en la cancha de tierra con los botines nuevos, todos nos quedamos tiesos al ver sus botines nuevos recién lustrados. Fazio lo miró con atención desde donde estaba recostado, detrás del arco rival. El resto estábamos en su mayoría descalzos, a lo sumo alguno usaba zapatillas viejas todas rotas.

 El equipo de los guapos ese día jugó en cuero y descalzos, trabaron cada pelota como si fuera la última, y todavía el partido estaba cero a cero. Carlos era defensor y yo arquero, cuando desde el arco contrario mandaron un pelotazo, habilitando al delantero de los guapos, que comenzó a correr frente a mi arco.

 —¡Carlitos, salile! —grité desesperado para que cortara la jugada.

 El delantero contrario se enfrentó a Carlitos y este, sin querer lo pisó con los botines al tratar de disputarle la pelota. El partido se detuvo, todo el equipo contrario corrió y se fue encima de Carlitos, levantado una polvareda que no me permitió ver más que lo que tenía al lado mío, que era el pibe llorando con las marcas del botín de mi amigo. No sabía qué hacer, cuando veo que Fazío corría con los botines de Carlitos que lloraba sin consuelo, mientras  el pibe contrario se levantó con ayuda de un amigo y se fue puteando con su pie lleno de sangre.

 Esa fue la última vez que Carlitos jugó con nosotros y nuestro último partido en nuestra cacha.

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