MÉXICO - DÍA 5

SECO

Alberto Amblar (Argentina)


“Mi viejo ya lo hubiera resuelto con una 22”

Teníamos aún una hora más de vuelo y ese comentario desataba el molesto silencio que hasta allí manteníamos.

Trabajábamos en la misma empresa, pero teníamos poco contacto. Una serie de acontecimientos y detalles que en este relato sobre abundan, nos pusieron en una compleja negociación con un brasilero muy taimado. Teníamos la presión de nuestros jefes por llegar a un acuerdo, pero el paulista, hacía lo necesario para irritar el proceso. Ventajero, prepotente, de poca palabra e incumplidor de las etapas que presuntamente habíamos acordado.

Así, nos encontraba en el prólogo de una nueva reunión. Nicolás, así se llamaba mi compañero, era un tipo hosco, circunspecto y seco. En sus escasas palabras era incapaz de ironizar, meter una gracia, una cargada o una sonrisa. Tampoco parecía disfrutar de las comidas o los tragos que tanto fluidifican los viajes de negocios. No puedo definir que era un mal compañero, era árido nomás.

Pero ese comentario respecto de su padre, abría el portón de que algo quería decir de su vida:

“Mis viejos eran Montoneros y en especial él, que era lineal en eso de tomar medidas directas. La revolución era su meta y no medía las consecuencias derivadas de ese objetivo. Así nos fue. La historia habla por sí misma. Y yo la sufrí en carne propia. 

Sobrevivieron, pero fue un aquelarre. Mi vieja se pudo exiliar, pero mi primera infancia fue sin padre, sin casa y casi sin idioma. Por eso me pone de mal humor venir a San Pablo. Porque fue el primer destino del exilio. Sin guita, nos rescató una familia eran aliados políticos. Pero yo lo viví con desconsuelo, era una hoja en el viento y siempre canalicé esa angustia en mi padre, él nos había metido en ese pozo. Para hacértela fácil, terminamos en el Distrito Federal en México. Allí pasé de la infancia a la adolescencia, jugando con amigos de exiliados y con mexicanos y mexicanas con las que me socialicé. Nos volvimos a encontrar con mi papá, pero su llegada auspició un nuevo desastre. Por su empuje revolucionario fueron a Nicaragua. Y con mi hermano estuvimos viviendo con una familia lugareña, pero lejos de los amigos que supimos conseguir.

Volvimos en el 85, otro error. Yo ya era más de allá que de acá. Nunca me acostumbré, pero tampoco me dio el cuero para volver. Para volantazos ya estaba mi viejo”

Inoportunamente le pregunté por quién iría a alentar entre Argentina y México.


“Por ninguno, no me interesa”


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