PETRÓLEO – DÍA 3
PETROLEO
Julieta Di Prisco (Argentina)
Juan sabía, de tanto escucharlo, y leerlo, y estudiarlo en la escuela, que el petróleo era la sangre de la tierra despilfarrada por el sistema, el veneno que quemaba los ecosistemas, el desabastecimiento civil, fuente de guerra arrasando territorios en disputa. Había visto cientos de documentales sobre ese oro negro que ensombrecía la patria de quienes lo poseían. No existían grandes misterios, se encontraba o se perdía. Se tenía todo o no se tenía nada.
No es que no le importara el hecho de
haber naturalizado los efectos ambientales del extractivismo, pero, aunque no
resolviera los problemas de fondo, ¿a quién no conquistaba la promesa del
beneficio económico? ¿Qué lo diferenciaba a él de los miles de obreros
esclavizados que sólo
en busca del comer y del vivir, y del cobijo digno para su familia, vendían la
fuerza de su trabajo?
Había perdido la cuenta de las horas que
llevaba subido al taxi. No tenía la certeza si su condición era la de chofer o
la de rehén. Tampoco podía darse el lujo de pensar en eso, le quedaban pocas
horas para decidir su destino. La empresa petrolera más grande del país le había ofrecido la llave de una puerta
que casi nadie abría: un puesto de supervisor sin carrera recorrida, directo
desde el punto de llegada. Había escaleras de subida y de bajada,claro.
Mantenerse dependería de él.
No era una decisión fácil de tomar, el
tacho era su vida, pasaba más horas en él que con sus hijos.
Los chicos… ¿cómo les iba a decir que ya
no lo podían acompañar a trabajar? que no iban a esconderse más en el asiento
de adelante para que los clientes piensen que estaba libre y se lleven la
sorpresa al abrir la puerta. Que ya no jugarían a adivinar el destino del
pasajero antes de que suba, ni formarían oraciones graciosas con las letras de
las patentes. Faltaba contarles que no volverían a manejar en su regazo por las calles de la
costanera volviendo de los últimos recorridos los fines de semana. ¿Y las
sábanas?¿cómo iba a seguir vendiendo las
sábanas que llevaba en el baúl entre viaje y viaje a su fiel clientela?
Juan podía ponerle precio a cualquier
cosa, menos a la dignidad. Como quien encuentra un
pozo de petróleo, encontró las respuestas a sus preguntas cuando frenó en una
estación de servicio a cargar nafta. Él ya había ganado el oro, lo que no podía
era comérselo.
Acudió a la cita que el
progreso invitaba, con tenaz perseverancia y voluntad de hierro, sin sentir
jamás la diferencia de lo perdido, sin sentir jamás la diferencia de lo ganado,
sin fogosidad al recoger el fruto, trazando sin flojera los surcos de su mano.
Dureza blanda, tesoro estéril, más nunca en vano.
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