PETRÓLEO – DÍA 3
DON ADOLFO
Daniel Reinoso (Argentina)
El famoso
cineasta italiano Pier Paolo Pasolini, impresionado por el futbol desplegado
por el Brasil del 70, escribió una nota donde resaltaba el “lenguaje del
futbol”. En un exquisito sentido técnico, definió a la final de México, como la
derrota de la prosa italiana ante la poesía del futbol brasileño.
El lenguaje,
estaba relacionado con la belleza y elegancia en el juego. Este se difundió a
partir de los procesos comunicacionales, llegando a todas las partes del mundo
y se incorporaron a la sociedad según su etnia futbolística.
En nuestro
país y en especial en pueblos del interior. A partir del futbol desplegado por
los brasileños, proliferaron canchas o potreros con el nombre del mítico
Maracaná. El futbol es imitación.
En esos potreros
era común encontrar viejos maestros del futbol. Como don Adolfo, captador de
talentos y formador de pibes con sueños de triunfo.
Don Adolfo,
receptivo del lenguaje que hacía referencia Pasolini. Primero como jugador y
después como técnico, predicó el buen gusto por el trato a la pelota y a la
elegancia.
En el
pueblo había dos equipos de futbol, Expreso y Alumni. En el primero jugó don
Adolfo en su juventud, usaban camisetas color petróleo con pantalones y medias
al tono. Como técnico nunca quiso dirigir el plantel de primera división. Su
amor estaba en las divisiones formativas.
Despuntaba
su vicio futbolístico yendo al Maracaná. Su condición de jubilado, le permitía
disponer la mañana y la tarde hasta la caída del sol, para ver a pibes y a
otros no tanto, como jugaban a la pelota cuando no entrenaban.
Las
prácticas empezaban cuando don Adolfo, con paso cansino aparecía por detrás de los
árboles que estaban detrás de uno de los arcos. Siempre ataviado con buzo y
pantalón, ambos colores petróleo, ropa que había heredado del “Petrolero”, en
el pecho se podía ver lo que quedaba de una E gastada por el tiempo.
Un par de
vueltas a la cancha para la entrada en calor, manejo de la respiración y
estiramiento. Arengaba con la frase que más le gustaba: “Para jugar bien,
primero hay que aprender”.
De los
ejercicios básicos le gustaba, el traslado del balón. Organizaba dos filas de
chicos enfrentados, se alternaban llevando el esférico hasta una punta y de
allí arrancaba otro, asi hasta el último chico.
Mientras
observaba el ejercicio, les recordaba una máxima del lenguaje del futbol:
“Pelota al pie, cabeza levantada”. Para él era muy importante la prestancia de
un buen jugador.
Las
observaciones en voz alta, algunas en tono de broma: -Levanten la cabeza
mientras llevan la pelota. - ¿Qué están buscando? ¡Van a encontrar petróleo de
tanto mirar el suelo! Las risas de los chicos amenizaban la práctica.
A todos los
pibes les gustaba entrenar, pero más les gustaba jugar. Don Adolfo dividía los
equipos equiparando la capacidad de cada uno. Mientras oficiaba de árbitro daba
indicaciones y algún correctivo.
En todo
potrero, siempre hay alguien que se destaca del resto. Don Adolfo como buen
formador, nunca les prohibió gambetear, les indicaba que debían dar el pase en
el momento justo, en otras palabras, le decía que no fueran “morfones”.
Un día de futbol y con su inspiración a flor de piel, un pibe gambeteó a tres rivales, llevando el futbol al vértice del córner, allí empezó a “calesitear” girando sobre su eje con ambas piernas. No se la podían sacar. Esto provocó el grito de don Adolfo: -Rulo, ¡levanta la cabeza y tocala! - ¡Vas hacer un pozo y te vas a llenar de petróleo! Con dos silbatazos dio por finalizada la práctica.
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