PUÑO - DÍA 4
ESE SILENCIO OSCURO
Pablo Sanchez (Argentina)
Recién cuando hubo
silencio, ese silencio oscuro, ese instante de calma desesperada, recién ahí
Javier se dio cuenta. Se miró el puño salpicado de sangre, hinchado por el impacto.
Y la miró a ella, estática a los pies de la mesa de algarrobo. Debajo de su cabeza,
un charco teñía su pelo dorado de bordó.
Javier se refregó los
ojos, Carina seguía ahí. Se acercó a la mesa y de un sorbo tragó el té que aún
estaba tibio. Del piso recogió su teléfono celular, corroboró que estaba
intacto a pesar del golpe.
Fue al baño, consiguió
agua oxigenada escarbando en el botiquín y se limpió las manos con paciencia. Para
las uñas utilizó un hisopo embebido en alcohol. Se miró al espejo. Se duchó.
Eligió una camisa y una
corbata. El traje gris. El perfume de siempre.
–Buen día doctor, le dejé
el expediente de Ochoa en el escritorio, ¿quiere un café?
–No, gracias– respondió
Javier.
El fiscal entró a su
oficina y cerró la puerta tras de él. Prendió su computadora y leyó los últimos
correos. Agarró el celular. Se asomó apenas entreabriendo la puerta.
–No me pases ningún
llamado.
–Ok, doctor–le respondió
la secretaria.
Javier giró la llave y se
apoyó en la puerta. Empezó a borrar las fotos de su celular. Excepto una. Se
mordió los labios. Cerró las cortinas. Se sentó en su escritorio. Se acarició
la entrepierna. Luego se desabrochó el cinturón y abrió su pantalón sin
bajárselo. Comenzó a masturbarse mientras con la otra mano sostenía el teléfono.
En la imagen estaba su secretaria, desnuda, en esa misma oficina. Ejerció una
presión intensa y frenética, cada vez más intensa, cada vez más frenética hasta
que se entregó. Sus gemelos se tensaron y luego se volvieron gelatina. Un
gemido apretado. Acabó sobre el expediente que aguardaba por su lectura.
Borró la última foto.
Después, Javier llamó a
la policía.
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