SOMBRAS - DIA 2
VERDE BOISERIE
Fernando Torrillate (Argentina)
Corrimos por la banquina hasta pasar el puente de piedra. Atrás del sauce había una picada angosta que solo El Plaga y yo conocíamos. Estaba disimulada entre pastos altos después de un matorral de plantas de hojas anchas, en una zona del monte que parece impenetrable a los ojos de cualquiera. La madrugada del último año nuevo habíamos aprovechado para inventar un salvoconducto exclusivo, que nos llevaba a esa parte casi virgen en la orilla del arroyo. Entrábamos y salíamos en fila para no dejar huellas. Solo él y yo; un pie detrás del otro como si camináramos sobre una cuerda floja tendida en la tierra bajo la carpa verde y negra de los árboles y el cielo.
A diez metros del camino, la picada se acercaba al puente hasta enfrentarnos a una pared de musgos que empezaba entre los hongos y terminaba en las balaustres de hierro. Más arriba, el cielo azul plomo picado de brillos blancos y naranjas. Allí había un pequeño claro en nuestro sendero y aunque era el lugar más expuesto antes del arroyo nos apasionaba detenernos y contemplar las sombras del sauce sobre el muro vegetal, antes de ir a mojar nuestras piernas. El Plaga decía que ningún documental de “nayonal geografic” era capaz de rescatar esa danza incesante de rulos oscuros proyectados sobre el manto que vestía la pared. Tenía razón. El espectáculo era único allí los días que la luna se volvía faro y el frescor del agua se sentía aún sin haberla tocado.
Esa noche habíamos escapado de la fiesta de 50 de mi tío Julián con la excusa de una reunión en lo de Paula; la única amiga que podía guardar nuestros secretos sin desear ser parte ni hacer preguntas. Bajamos por la ruta hacia el camino y de ahí corriendo hasta el puente para adentrarnos en el sendero hacia el arroyo. La luna era una medalla blanca que flotaba en el pecho del cielo arriba de nosotros y colaba su luz entre las ramas y las hojas. El Plaga se quedó atrás para presenciar el íntimo espectáculo por encima de mi hombro. Las sombras sobre el verde colmaban mis ojos y yo sentía la sinfonía de los bichos y el fluir del agua a la derecha, veinte pasos abajo de nosotros.
Los ladridos anticiparon la llegada de las chicas. Él me rodeó con su brazo y me sacó del claro para que no me vieran. Caímos suavemente sobre la tierra. Sus piernas abiertas rodeando las mías, un brazo de él sobre mi pecho y la mano sobre mi boca por si acaso. Ellas se asomaron a la baranda oxidada del puente y contemplaron a lo lejos la curva del arroyo, junto a la cañada donde cruzan las yeguas de Ramírez. Murmuraron secretos como si no estuvieran solas.
No quisimos movernos; tal vez para que nada las llevara a husmear nuestro celado paraíso. En ese instante ansié que el tiempo no pasara. Dejé que mis ojos se humedecieran con una emoción inexplicable, sin quitar mi vista de esa boiserie de musgos y sombras danzantes frente a nosotros.
Cuando las voces ya no se escucharon y los ladridos sonaron lejos, giré sin levantarme y besé a El Plaga para siempre.
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