"LOS DE AFUERA SON DE PALO" - DÍA 12
TIBIA Y PERONÉ
Celeste Gioia (Argentina)
Hubo una época que
para nosotros, fue dorada. No nos conocía nadie por fuera de nuestra localidad,
pero no nos importaba. Estábamos en nuestro mejor momento, tanto física como
mentalmente. Pero empezamos a fallar: empezamos a desencontrarnos y a cometer errores.
Muchos errores, de esos que generan un clima áspero y ameritan varias puteadas.
La seguidilla de
derrotas ya nos estaba comenzando a pesar y eso se notaba, porque cada vez
jugábamos peor. En el paredón de mi casa comenzaban a aparecer pintadas ofensivas
y en las casas de algunos compañeros, no sólo ofensivas sino amenazantes.
Nos íbamos
ubicando lentamente dentro de ese grupo de gente por la que alguna vez se
sintió admiración y respeto. Pasamos a ser “los muertos”: los pecho frio y los
morfones, los que no merecían la camiseta… los condenados al olvido y de los
que nada se esperaba.
Toda la situación
alimentaba el ego de los pusilánimes periodistas locales: nos destruyeron con
todo lo que pudieron… y cuando digo todo, es todo. Nos adjudicaron incluso,
vidas privadas que ni en sueños podríamos costear…
Y llegó la fecha.
La bendita fecha. Las autoridades locales nos habían apalabrado –y amenazado-
para que nos quedáramos en el molde: para dejarnos ganar. Había algo de guita
en juego y “… como vienen jugando para
atrás ¿Qué diferencia hay si pierden de nuevo?”
La discusión fue
lo suficientemente breve como para que todos acordáramos dejar el alma en la
cancha, pero para ganar. Ganar supondría posicionarse por encima de viejas e
históricas rivalidades para con los contrarios… ganar permitiría demostrar a
ese público desertor, que no estábamos muertos y que podíamos. Que siempre
podríamos. Ganar, o al menos hacer partido, nos enfrentaría de cara con
aquellos veteranos de traje que pretendían decidir por nosotros.
Salimos a la
cancha y ahí estaban ellos: el puñado de hinchas que últimamente se acercaba a
putearnos… estratégicamente ubicados, estaban los hombres de pulcros trajes. Y
también estuvo la gente que siempre bancó los trapos. Nos miramos, desconfiando de que alguno se
arrepintiera del contrato que hicimos y reafirmamos minutos antes. Me sentí
seguro y acompañado por el resto… si nos ganaban no iba a ser gratis…
No fue un partido,
fue lo más parecido a una batalla campal. Codazos, patadas criminales y
violentas pecheadas mediante, nos pusimos uno arriba en el tablero. Uno de los
señores de traje se levantó y comenzó a caminar observándonos de reojo con
insistente ira asesina: nuestro técnico se arrancaba los pocos pelos que tenía,
claramente frustrado.
En una intrincada
lucha por recuperar la pelota, recibí el golpe más mala leche en mi poca
prolífera carrera futbolística: fractura de tibia y peroné. Lloraba de dolor y
veía de reojo cómo el escenario se teñía de tipos que se agarraban a las piñas:
dos compañeros me hacían el aguante agachados, en el piso, mientras esperábamos
a los camilleros.
Entonces uno de
ellos, Julián, me abraza y me dice:
“Quedate tranquilo que nos ocupamos nosotros. Los de
afuera son de palo”.
Echaron a dos, uno
nuestro y uno de los suyos. A mí me sacaron en camilla. El partido continuaba
para nosotros, con dos menos: suficiente razón y motivación para que lo dieran
vuelta.
Pero eso no
sucedió. Finalizó el partido y la victoria fue nuestra: porque nadie nos iba a
privar de aquella victoria tan largamente deseada…
Transeúnte sin
identidad
Comentarios
Publicar un comentario