"A LLORAR A LA IGLESIA" - DÍA 14
ANDA A LLORAR A LA IGLESIA
Daniel Reinoso (Argentina)
Al pueblo lo dividía un ancho rio. En ambas orillas sauces llorones con sus largas ramas, que en forma de llanto verde tocaban el agua mansa como una caricia. En su lecho habitaban mojarras, chatos y algún pejerrey como parte de su fauna acuática.
El
fraccionamiento provocado por el curso de agua, hacia asimétrica la
distribución poblacional.
Como en todo
pueblo del interior de la provincia, muchos hinchas optaban por elegir a equipos
de capital federal. Potenciado por los grandes enfrentamientos por copa
libertadores de los años 70, entre los equipos de Argentina y Uruguay.
En una de
las márgenes del cauce, la más grande en tamaño, estaba la cancha de futbol. Y
para jugar, con los del otro lado, éstos debían cruzar un puente.
Un día, un
grupo sentado bajo un frondoso algarrobo, esperando que aparecieran los de la
otra orilla. A uno de ellos se le ocurrió una idea y dijo: —Nosotros que
vivimos del lado menos poblado somos Uruguay y ellos Argentina.
Todos festejaron
la ocurrencia. Cuando los del otro lado se empezaron a juntar. El ideólogo les
gritó: —Ustedes son Argentina y nosotros Uruguay. Al mismo momento, los ahora
uruguayos empezaron a cantar ¡Uruguay! ¡Uruguay!
De la otra
orilla, con risas reaccionaron: ¡Argentina! ¡Argentina! No hizo falta ninguna
piedra fundacional, en el pueblo habían nacido dos naciones.
Jugadores
de ambos “países” adoptaron nombres de cracks de la época como Manga, Ubiñas,
Montero Castillo por parte de los uruguayos y del lado argentino Pastoriza,
Santoro, Perfumo. Todos, emblemáticos.
Los partidos
“oficiales”, se jugaban los días sábados, después del almuerzo.
Los
uruguayos se juntaban bajo el algarrobo. Cruzaban todos juntos el puente, saltando
al grito de ¡Uruguay! ¡Uruguay! Y uno con alma de relator gritaba: — ¡Aquí
llega el equipo uruguayo con todos sus titulares para jugar contra la
Argentina! Todos reían y disfrutaban.
Del otro
lado, eran recibidos con aplausos y con el ¡Argentina! ¡Argentina! Todas las
semanas, se reeditaba el clásico rioplatense.
Como en
todo equipo siempre había alguien que ejercía el mando.
— ¿Por qué
jugamos? Cada equipo juntaba el dinero a apostar y se “depositaba” en manos de
un neutral, que siempre se acercaban a mirar.
Un sábado,
se jugó por el botín más alto, 20 pesos por equipos, lo que significaba varias cervezas
vinos y gaseosas. Que después disfrutaban juntos, mientras refrescaban sus pies
en las cristalinas aguas, que dividían ambas “naciones”.
El partido
se jugó con un sol abrasador, como todo clásico se metió con fiereza, pero con
lealtad. El equipo uruguayo a poco de empezar ganaba 2 a 0. Los argentinos
sorprendidos por el resultado no aflojaban en su afán de descontar el marcador.
Cada error
de los argentinos era aprovechado por los charrúas. En dos jugadas de contra
ponían un 4 a 0, lapidario.
La duración
del partido no era por tiempo, sino por goles o hasta que la luz de la tarde se
despidiera. Lo que primero ocurra.
El juego se
daba con normalidad. Hasta que ocurrió algo
insólito, en un rechazo alto de un defensor argentino la pelota salió de la
cancha y cayó sobre unas basuras que había el costado de la cancha. Saque
lateral, sorpresa cuando fueron buscar el futbol, lo encontró desinflado.
— ¿Cómo se rompió? Era la pregunta de todos.
La pelota dio
en la punta de un hueso de una costeleta, que actuó como flecha reventando la
cámara del único futbol. Como prueba, estaba el hueso todavía incrustado en el
balón.
Sorpresa,
risas y algún insulto al aire. Ahora venia lo mas difícil. Uno del equipo
argentino dijo: —Se rompió el futbol, se terminó el partido y se devuelve el
dinero puesto. Dijo en un acto de rapidez y viveza mental.
El uruguayo
replicó: —Nosotros estamos ganando el partido, nos corresponde toda la plata.
— ¡El
partido no terminó! Le respondieron.
Mientras
tanto uno de los jugadores le pidió al tenedor del dinero, separó los 20 pesos
para cada uno.
El jugador
uruguayo volvió a quejarse: ¡Nosotros ganamos el partido! Y alguien le dijo: —Tomá
tu plata y anda a llorar a la iglesia.
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