CARTA A LA ABUELA
Alberto Amblar (Argentina)
Abue:
Te
escribo porque es más sencillo ordenar mis sentidos y no atropellarme con un
discurso que estará suspendido de nudos por desatar y lágrimas por salir. La
llamada por celular o por estas aplicaciones que Laura insiste en emplear nos
enredan. Allí hablamos todos juntos y nos entendemos poco. No sé porque nos
gusta tanto el micrófono, pero estas letras no tienen el objetivo de cuestionar
la diversidad humana y su pulsión comunicativa. Apenas es un homenaje y que
mejor que dejarlo escrito.
Además,
estoy convencido que Laura te lo leerá y vos, como siempre, te emocionarás y
después le pedirás que te acompañe a rezar y a llorar a la iglesia.
Te cuento
que mañana (ya sé que será domingo, pero los médicos no elegimos cuando trabajamos)
integraré el equipo de cirugía del Doctor Comert, un genio de la cirugía e
innovará con una tecnología que yo mismo desarrollé y essayé. Es posible que
esto revolucione la medicina. Eso suena presuntuoso, pero esperanzador. Para
mí, será un logro personal. Estoy muy emocionado y ansioso. Me inunda el
recuerdo de esa abuela cariñosa y cuidadosa que me visitaba en el cuartito de
estudio. Me traía algo dulce, café, mate, agua, para que no me durmiera, ni
cejara en la voluntad de estudiar: “quiero que mi nieto sea médico”, me decías
y me sentía compelido a seguir, aunque tenía incentivos para salir de farra.
Vos,
abuela amorosa, ni me hablabas ni me preguntabas, solo venías, apoyabas la
bandeja, me acariciabas el cabello y cuando giraba la cabeza, hacías el gesto
de la enfermera que pide silencio.
Recuerdo
que alguna vez, cuando eramos chicos, nos llevaste con Laura a un convento
(luego, no lo lograste más) y en un momento nos dijiste: “sentid el silencio,
el grito del Señor”
El valor
del silencio. Justo vos, que tu infancia fue en medio de las sirenas de
bombarderos y los estallidos. El dolor, el hambre, las heridas infectadas. Tu
mamá, que era enfermera en ese contexto, te legó esa necesidad de la medicina y
de la educación, pública, gratuita y transversal a las clases sociales.
No estoy
en ese paraíso público, Estados Unidos es un contra ejemplo. Pero, este pibe de
Mataderos, que estudió medicina con su abuela, está en medio del imperio,
laburando para algún día volver a transmitir esta experiencia a los pibes y
pibas que quieran escapar de la tela araña del sometimiento.
Seré como
vos, la “abuela” exigente, cariñosa y silenciosa de todos ellos.
Por eso
también te escribo. Para prometer, para obligarme a escapar del narcótico del
ambiente desarrollado, del éxito individual y de la vanidad que cada tanto me
amenaza. El abuelo, en sus escasas palabras, me dijo: la bonhomía y la humildad
son dos músculos que se entrenan con voluntad. Así lo hago, escribiéndote.
Termino
estas palabras, escapando de la solemnidad homenajeadora para nutrirte de lo
siempre me preguntas: estoy comiendo bien, muy abrigado (en Boston hace mucho
frío)
Recién
termine de ver la derrota de USA contra Países Bajos junto a los compañeros del
hospital. Están un poco tristes, se habían entusiasmado (los gringos, porque
hay de muchos otros lugares) Ahora me voy al departamento a ver el de
Argentina. No pretendo ser triunfalista, solo deseo que Messi haga un gol.
Abue
querida. Casi como la hinchada de Nueva Chicago, grito y canto: cada día te
quiero más.
Te envío
el beso más grandote del mundo y si la Pulga mete un gol, lo gritamos a la
distancia, juntos.
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