"CRISTIANO" - DÍA 17

 “CORNELIO”

Celeste Gioia (Argentina)


Mi nombre es Publio. Serví al ejército romano durante largos años de mi juventud: herí y maté con espadas, dagas y flechas. Perseguí a cada enemigo y a cada una de sus sombras. Pasé hambre, sucumbí al más despiadado frio y soporté altas temperaturas. Me perdí en la penumbra, vi caer a mis pies a numerosos soldados a los que horas antes había sonreído con cierta camaradería… y sin embargo, aquí estoy vivo, pero encarcelado.

Conservar la vida es mi castigo. Soy culpable de haber osado contradecir al Centurión Cornelio… soy culpable de intentar –fallidamente- poner freno a sus delirios.

Siendo yo un soldado joven y entusiasta, me encontraba bajo el mando de Cornelio -jefe del ejército- sumamente respetado y estimado por sus subordinados: los días y las noches oscilaban entre la sospechosa calma y la incipiente avalancha de sangre y fuego. Nuestras existencias danzaban al unísono con la posibilidad inmediata de perder la vida. Estábamos absolutamente entregados a dicha causa.

Cornelio demostraba ser el hombre indicado para estar al frente: era terco pero disciplinado, correcto en la toma de decisiones y escasamente errático en cuanto a lo administrativo. Jamás notamos en su rostro agrietado por el cansancio y el peso de los años, un destello de temor. No había sitio para el miedo en su persona.

En cierta ocasión, me encontraba observando lo imponente del Mar… el jefe se acercó. La luz de la noche me permitió observar de cerca su rostro y lo noté exaltado. Aquella vez confesó que unas personas aladas lo visitaban por las noches, trayéndole noticias de otros pueblos y exhortándolo a buscar a Simón, también conocido como Pedro. Dicho esto y atendiendo especialmente a que mi rostro no expresara ningún cuestionamiento,  ordénome participar de tal proeza dirigiéndome a Jaffa junto a otros dos soldados, en cuanto el sol se pusiera.

Sólo viajamos dos de los tres elegidos: uno de los nuestros fue ejecutado inmediatamente al cuestionar el motivo que llevaba al jefe a ir tras un judío. El mismo Cornelio hundió su daga en el cuello del soldado, y contempló su muerte…

Nos dirigimos entonces a Jaffa, dando pronto con el paradero de Pedro. Nos recibió con cierta desconfianza pero accedió a acompañarnos a Cesárea Marítima, tras haber escuchado el mensaje que transmitíamos de parte de nuestro jefe. Abundaba entre ellos el respeto, la cordialidad y la actitud solícita: se reunieron en cuatro oportunidades y en la quinta reunión solicitaron la presencia de los dos mensajeros. El extraño realizó un ritual para nosotros desconocido: el jefe se encaminó mar adentro y se puso de rodillas, mientras Pedro tomaba agua entre sus manos y se la esparcía por la cabeza acompañando con unas palabras que no llegamos a oír…

Cornelio se había convertido en el primer Cristiano. Y en su persistente delirio ordenó que todos los soldados fuésemos bautizados, desatando el caos entre los presentes. Aquellos opositores, fueron ejecutados. La misma suerte corrieron aquellos que intentaron escapar.

En cuento a mí, se me perdonó la vida ya que fui mensajero. Pero se me condenó al encierro hasta el día de mi muerte. Y en este envejecer que me carcome a diario sin poder poner fin a mis días, veo a los soldados pasar… y los veo perpetuar ese pacto de fidelidad con su Dios que nada tiene que envidiarle a la ira, a la furia y al salvajismo de aquellos  dioses que adorábamos.

Transeúnte sin identidad

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