"CRISTIANO" - DÍA 17

NERÓN

Norberto Shammah (Argentina)


            Cuando se acercaba febrero, empezaban los preparativos para irnos de vacaciones  a Miramar          La abuela Cata venía los últimos días de vacaciones con nosotros y por pocos días porque en Buenos Aires quedaba Nerón, su perro, una mezcla de perro salchicha y de rottweiler. Largo y bajito como los salchichas pero con el hocico corto como los rottweiler. Cuando mi abuela se iba de vacaciones, el perro se quedaba con Cristiano, el vecino de mi abuela.

Mi abuela lo había sacado de la calle un día que llegaba ella a su casa de Lanús volviendo de hacer compras. El perrito se le acercó y mi abuela se agachó a acariciarlo y cuando mi abuela abrió la puerta de su casa, Nerón entró y no se fue nunca más. 

Nosotros nunca habíamos tenido perr. Con el Chino queríamos pero nuestros padres siempre decían que no podíamos, sin mucha más explicación.

            La llegada de Nerón hizo que el Chino y yo quisiéramos ir más seguido a visitar a la abuela. Los domingos teníamos perro. Le cambiábamos el agua del baldecito naranja del patio, le poníamos los tres cucharones de alimento del paquete verde y después lo sacábamos a dar la vuelta a la manzana.

El último fin de año fue diferente. Mi mamá parecía triste y los primos decían que era porque la abuela no se sentía bien. 

            Mi abuela murió a mediados de enero. Con el Chino queríamos saber si igual nos íbamos a poder ir a Miramar, pero nos daba vergüenza preguntar.

En el viaje de ida a Miramar, mamá nos contó que Nerón se había quedado como siempre en la casa del vecino Cristiano y que había decidido que cuando volviéramos, Nerón iba a venir a vivir con nosotros. El Chino y yo ibamos a tener perro.

Fueron unas vacaciones raras. Pero con el Chino nos poníamos contentos al pensar que cuando volviéramos, Nerón iba a vivir con nosotros. El Chino quería que Nerón durmiera acostado a los pies de su cama, igual que lo hacía con la abuela.

Las vacaciones raras terminaron de golpe cuatro días antes cuando a mis padres los llamaron de Buenos Aires. Era Cristiano, el vecino de mi abuela, para contarnos que Nerón se había perdido.

Mamá hizo un cartel con la foto de Nerón y fueron con mi papá al día siguiente a pegarlos por el barrio de la abuela.

A los pocos días ya pensábamos que Nerón no iba a aparecer más.

Durante las primeras semanas, seguíamos atentos cuando sonaba el teléfono. Con el Chino les pedíamos a nuestros padres, tener otro perro. Papá nos decía que Nerón podía aparecer y él por nada del mundo quería tener dos perros.

Pasaron varios meses hasta que tuvimos noticias. Hubo una llamada y se escuchaba a mi mamá decír -Nerón, donde?, que alegría!!, en serio?, vamos a buscarlo!!-.

            Con el Chino fantaseábamos cómo sería el reencuentro con Nerón. Él tirándose al piso para que le acariciemos la panza, jadeando y con los ojos saltones a punto de salirse de su cara.

Pero el reencuentro con Nerón fue diferente. Es verdad que lo llamamos y vino, pero no hubo corridas ni saltos como loco ni caricias en la panza. Parecía más flaco, quizás por no haber comido bien por mucho tiempo y su hocico se veía un poco más largo.

             Por fin teníamos perro. Pero tener a Nerón viviendo con nosotros no era lo mismo que verlo solo un rato los domingos. Ya no le gustaba echarse donde daba el sol de la mañana, ni que le acariciaran la panza. Mi mamá le tuvo que cambiar de marca de alimento; el Chino se quejaba porque el perro no quería dormir en su cama como hacía con la abuela y a mi papá le preocupaba porque lo veía a Nerón caminar más chueco. Hasta el ladrido sonaba diferente.

Cuando hubo que vacunarlo, mi mamá le preguntó al veterinario de Lanús, cuantos años tenía Nerón y el veterinario buscó en la libretita donde decía que Nerón tenía tres años. Después le levantó las orejas y le abrió la boca para mirarle los dientes.

-Pero por como tiene los dientes, debería tener como seis o siete años- dijo el veterinario  y corrigió la libretita.

 No recuerdo que hayamos hablado mucjo del tema. Lo que sí recuerdo muy bien, fue aquel domingo lluvioso cuando empezó a sonar el teléfono. Ya nadie corría a atenderlo y si mi mamá no hubiera estado cocinando seguro hubiera atendido ella. Pero el teléfono sonó muchas veces hasta que atendió mi papá que como era domingo, no estaba trabajando. Le escuchamos decir que ya habíamos encontrado a nuestro perro, que quizás se parecía pero que ése seguro no era, porque Nerón ya estaba con nosotros y que igual muchas gracias pero no queríamos tener dos perros. -igual, muchas gracias-, dijo antes de cortar.

 

            Antes de co muchas gracias.

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