"CRISTIANO" - DÍA 17
AQUELLA FINAL
Jokalaria (Argentina)
Nunca creí dios. Nunca fui católico, cristiano, judeocristiano
o lo que sea. Sin embargo, hubo un día en que fue imposible no pensar en la
posible existencia de un dios y no hablarle a él directamente. Ese día, por
supuesto, está vinculado al fútbol.
Tranquilos no voy a empezar a hablar de los goles de
Diego a los ingleses, que sin duda son dos obras de arte de distinto género,
pero igual belleza, no. Hablo aquí de otro partido, donde siendo muy chico,
sentí la presencia de la divinidad.
Toda la familia estaba reunida en la casa de mi
abuelo. Mi tía había hecho una torta cubierta de confites que dibujaban la
bandera de argentina. Los grandes estaban sentados alrededor de la mesa y los
chicos en el piso, estábamos por ver la final y todo era alegría, nervios y
expectativa. Se sufrió, cómo ya saben. Mi abuelo fue el primero en lanzar su
catarata de puteadas con munición gruesa contra el árbitro peruano, al segundo
se le sumaron todos. No podía ser, habíamos llegado sufriendo, es verdad, pero
estábamos siendo víctimas de un robo enorme.
A partir de ahí, sólo quedaba esperar que él nos
salvara, que una vez más llenase su pecho de épica y remontara lo irremontable.
Y trató, sintió ese mandato, porque lo sentía siempre y trató. Pero era
demasiado, incluso para él.
Terminó el partido y los alemanes festejaron y
levantaron la copa. Él lloraba, nosotros llorábamos. Entonces mi abuelo apagó
el televisor y revoleó el control remoto contra la pared. “me cago en dios y la
putísima madre” soltó en un grito lleno de angustia.
Esa fue la primera ves que sentí que podía existir
dios, un dios injusto, caprichoso y que dejaba desamparado a los humildes.
Otras veces, a lo largo de la vida, volví a sentir que
aquella presencia podía ser posible. En algún bar de mala muerte en Morón; en
una comisaría, sólo y asustado y una noche de tormenta arriba de un avión.
Siempre la sensación era amenazadora.
Mi abuelo se miró unos años más tardes, en una sala de
una clínica del conurbano. Él, Diego, también se murió alejado de sus amigos y
rodeado de un séquito de chupasangres. No me pidan que sea cristiano. Sólo creo
que la bronca de mi abuelo aquel día y en el llanto de Diego por aquella
injusticia.
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