"EL ASESINATO DEL JUEZ DE LÍNEA" - DÍA 15
ADELANTADO
Fernando
Torrillate (Argentina)
Algarrobo del Águila llegó a los
diarios porteños sólo una vez en el siglo 20. Fue en junio de 1985, cuando
apareció el cadáver de un tal Cufré a la orilla del Río de la Barda, al sur de
la ruta 151. El cuerpo amputado pertenecía a un residente de 70 años, oriundo
de Córdoba, que vivía en una casa frente al cauce de agua. “Un hombre muere desangrado en La Pampa”, tituló La Razón en la
edición quinta del 18 de junio. En la volanta podía leerse: “El asesinato del juez de línea Severino
Cufré conmueve a un pueblo del oeste pampeano”.
En el breve
desarrollo de la noticia no aparecían muchos datos sobre el presente del
cordobés. Solo se decía que había llegado al paraje a mediados de 1960. En el
cierre se retomaba un dato curioso: “Cufré
fue árbitro del ascenso de la Liga Mediterránea de Fútbol y se retiró a los 45
años, tras un controversial partido entre Sportivo La Carlota y Defensores de
Bell Ville, en el que este último club perdió la categoría”. Ni una línea
más. El diario La Prensa del 19 de junio repetía la crónica de La Razón y
titulaba: “Un asesinato sin pistas, cerca
del Atuel”.
Para
reconstruir el derrotero del desgraciado había que remontarse a las páginas
deportivas de fines de 1957. Más exactamente del 22 de diciembre, un día
después del clásico entre La Carlota y Bell Ville. Las crónicas decían que
Cufré fue parte de la terna arbitral, teniendo a su cargo una de las líneas del
campo. Del otro lado, el lineman fue
Aristóbulo Gutiérrez y en el rectángulo, el respetado Adalberto Sarastro, hijo
de Tomás Bautista, un wing ligero que había hecho historia en Talleres. De los
tres, el único aún con vida era el hijo del jugador de la T, que residía con un
nieto en el Barrio Jardín en la capital cordobesa.
“A Severino se la tenían jurada
desde el día del descenso de Bell Ville. En ese partido se rasparon de entrada.
Con empatar, el Sportivo se salvaba del descenso; así que se cerró atrás con
una línea de cuatro y un stopper duro a metros del arquero; los volantes
parecían pilares de rugby, pero no tan tiernos. Yo había echado a dos de cada
equipo y ninguno me protestó, porque los fules merecían años de cárcel”.
El viejo
tenía ganas de hablar y su memoria desbordaba de recuerdos.
“Se fueron a vestuarios sin abrir el
marcador, con más golpes que un cruzado y una calentura enorme. Entramos al
baño de la cancha de Bell Ville y atrás de Gutiérrez se colaron tres muchachos:
dos tamaño heladera y uno chiquito y gordo como un ropero de baño. ‘Esto no
puede quedar así, juez’, me
dijo. ‘Los chicos tienen familia, viven
de ésto. Si descendemos el club se funde y nos quedamos todos en la calle’. Uno
de los que parecía una Siam precisó la idea: ‘Gana Bell Ville o gana Bell Ville. ¿Entienden, pelotudos?’. Y sí. No
nos gustó, pero entendimos”.
“Apenas pité para arrancar el complemento,
dos de La Carlota salieron en vertical y se colaron entre la defensa para
esperar el pase en altura del volante. El lateral izquierdo la bajó con el
pecho y le tiró una pared al otro que le ganó la espalda al stopper y quedó
frente al arquero. La definición fue sublime. Si no fuera por lo del baño,
daban ganas de aplaudir en gol visitante. El silencio duró hasta que le saqué
una roja al de la pared, por una plancha dudosa que en otro partido no hubiera
sido ful. Con uno de más, Defensores lo igualó de un frentazo que rozó el
travesaño y entró”.
Sarastro le
ponía suspenso a la definición. Sabía contar y abusaba.
“Ahí, Bell Ville inclinó la cancha,
así que casi no hubo arbitrariedades de parte mía. Gutiérrez marcaba los
avances del Sportivo y Severino los del local. Dos minutos antes del final, el
volante central de Defensores se mandó con gambetas hacia el arco y se llevó
dos marcadores. Cuando estaban por quebrarlo vió al stopper algo adelantado y
la soltó a la izquierda para la entrada del wing. Éste la acomodó un poco y le
pegó un zapatazo abajo, al segundo palo. Gol!”.
El viejo
también quería que Bell Ville no descendiera. Pero no por las amenazas.
“De la emoción no llegué a pitar.
Cuando giré para señalar el centro lo vi a Severino pisando la línea, con el
brazo hacia el cielo y el banderín solferino flameando… Un patrullero nos
escoltó hasta Villa María y de ahí seguimos a Córdoba, los tres callados, sin
mirarnos a los ojos. Nunca más supe de Cufré hasta hace dos años, cuando le
cortaron el brazo y lo dejaron morir”.
Adalberto
cerró los ojos y se agarró la cabeza.
“Eran un buen tipo. Demasiado
estricto para este deporte y para el ascenso”.
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