"FROTANDO LA LÁMPARA" - DÍA 11
PULGAS
Norberto Shammah (Argentina)
Los domingos son días tranquilos para Luis. trabaja mucho de
lunes a sábado y los domingos suele querer quedarse tranquilo en su casa
disfrutando de la frescura que le dan las plantas a su patio.
Pero el ultimo domingo, después de almorzar, de podar las
plantas y de ordenar un poco el desorden de la semana, Luis salió a
caminar por el barrio, hasta llegar al mercado de pulgas de Dorrego.
Decidió recorrer los pasillos en orden, para no saltearse
ninguno y ver si finalmente compraba alguna antigüedad. Obviamente no era la primera vez que iba, pero,
a pesar de ir con entusiasmo y ganas de comprar algo, siempre volvía con las
manos vacías.
Éste domingo empezó por el pasillo que da a Álvarez Thomas
donde suele haber muebles grandes, siguió por los locales donde abundan los
discos de vinilo y de pasta y algunas máquinas de escribir viejas.
En otro pasillo, entre unas imitaciones de estatuas de
terracota chinas y unos asientos de peluquería, encontró una vieja lámpara de
aceite. La lámpara se veía verde por el paso del tiempo, el vendedor, que parecía
entender mucho de lámparas y de bronce, le contó cómo se usaba el aceite, que
antiguamente se colocaba en rincones espejados para que la luz se multiplicara
en los ambientes y le explicó que la
capa verde mate que cubría la lámpara, lejos de estropearla, la protegía y que
con un poco de bicarbonato de sodio y jugo de limón, la lámpara le iba a quedar
como nueva.
Se pasó el resto del domingo frotando la lámpara. Le llevo
un poco más de tiempo limpiar la tapa y dejo para el final la base de la
lampara, dónde después de frotar un rato apareció una frase grabada que lo
sorprendió: “Para Alma Cobián, con amor, Luis”.
La sorpresa no fue tanto que hubiera una dedicatoria grabada
si no que la firmará un Luis, otro Luis. Se dio cuenta de que en cualquier otro
momento, esa lámpara no le hubiese llamado la atención y sin embargo tuvo una
necesidad casi compulsiva de comprarla.
Ahora también necesitaba saber más acerca de esa Alma y ese Luis.
Tuvo que esperar toda una semana para ir nuevamente al
mercado a preguntarle al vendedor sí sabía algo más acerca de la lámpara o si
recordaba a quién se la había comprado.
El vendedor tuvo que hacer algo de memoria y después de un
rato pudo recordar qué había comprado la
lámpara hacía unos pocos meses, a un hombre alto y elegante con unos bigotes manubrio
muy llamativos y que vestía un traje príncipe de Gales con un moño haciendo
juego.
A medida que El vendedor avanzaba con su descripción, Luis
iba sintiendo como lo invadía un sentimiento mezclado de miedo y ansiedad.
no pudo esperar a que El vendedor terminara de hablar y
salió corriendo rumbo a su casa. Subido a un banquito, y en la parte alta del
placard movió cosas hacia un lado y al otro hasta encontrar la caja de color
verde inglés. Revolvió la infinidad de
fotos que había dentro hasta encontrar la foto en blanco y negro qué buscaba. En
el borde derecho de la foto escrito con una hermosa y prolija letra cursiva se
leía “Mar del Plata 1938”.
Con la foto en la mano corrió de regreso al mercado. No pudo
esperar a que el vendedor terminara de atender a una pareja de alemanes y le
mostró la foto.
El vendedor, sin observar la fecha le dijo de manera
displicente: -si si, ese es el hombre que me vendió la lámpara- y siguió
mostrándole a los alemanes unos candelabros de plata.
Luis volvió caminando a su casa con la vista perdida. Su
abuelo Luis, al que le fascinaba pasar sus vacaciones en Mar del Plata, había
muerto en mil novecientos cuarenta y dos en un terrible accidente de autos.
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