"FROTANDO LA LÁMPARA" - DÍA 11

FROTANDO LA LÁMPARA

Daniel Reinoso ( Argentina )


El viejo Mustafá, barbado, cabellera plomiza, huraño y solitario, no se le conocía familia ni esposa, nunca en su pequeño patio se vio juguetes de niños. Era el dueño del negocio del pueblo, compraba y vendía cosas. En el gran salón había todo lo que uno podía imaginar.

Un día, mientras acomodaba sus cosas, apareció en la puerta de entrada la figura de un hombre que nunca había visto por allí, vestía una fulgurante túnica blanca, cabello largo y barba.

Mustafá asombrado le dice: — No lo oí golpear.  — ¿Que lo trae por mi negocio?

—Vengo a traerle un objeto. Respondió —Aunque no tiene valor. Agregó.

— ¿Es para vender?

—Antes de responder sacó el objeto del envoltorio. Los ojos de Mustafá se transformaron de la sorpresa cuando vieron una lámpara, color oro con destellos similares a los rayos del sol.

— ¡Es preciosa! ¿Porque dices que no tiene valor?  Preguntó Mustafá.

—Ella tenía un efecto divino, frotando la lámpara, de su interior salía un genio que concedía los deseos de quien lo pidiera.

— ¡Entonces sirve! ¿Para que la quieres vender?

—Antes servía. respondió el hombre de blanco —lo que ocurre es que le pedían trivialidades, como dinero, mansiones, autos y algunos vivir rodeados de mujeres.  

—Es lo que pediría cualquier ser humano. Dijo Mustafá. Y siguió: — ¿Vos le pediste algo? —A mi nada me falta. Y agregó: — El genio, cansado que le pidan deseos como la soberbia, gula, envidia, avaricia, ira, lujuria y la pereza. Por esos motivos dejó de ser mágica.

Mustafá escuchó, mientras crecía su escepticismo. Y exclamó: — ¿Como sé si es verdad lo que me dices? — ¿Como quieres venderme algo que no funciona?

— ¡Hombre de poca Fé! Responde el hombre de blanco —Nunca hablé de vendértela.

— Si no la vendes ¡No me hagas perder el tiempo! —Debo seguir atendiendo mi negocio y llévate esa lámpara que no sirve.

El hombre de blanco, se compadeció del viejo, veía en él, que su vida era todo material.

Se acercó y le dijo: —A este negocio no viene gente con dinero y poder. Solo pobres que vienen a vender lo poco que tienen o les queda, por una necesidad o problema. ¿Te diste cuenta?

El viejo, en silencio. Piensa y dice en voz baja: — ¡Tienes razón! Todos los que vienen aquí, son pobres.

— ¿Quieres que hagamos una prueba con la lámpara?

— ¿Cómo? Preguntó Mustafá.

—El próximo cliente que venga, lo atiendes y le pagas lo que te pida, por lo que te quiera vender. Y cuando se haya ido, frotando la lámpara y con tu mente pedirás con fé, que solucione el problema que lo aqueja.

No terminó la frase cuando alguien golpeó la puerta.

Mustafá gritó: — ¡Adelante!

Era un anciano de aspecto preocupado que traía en sus manos un reloj dorado: —Mustafá, traigo este reloj para vender, tengo a mi hijo muy enfermo y no tengo dinero para su atención.

El viejo tomó el reloj y dijo: — ¿Cuánto pides por él?

—Cinco monedas de oro, responde el afligido anciano. — ¡Es mucho lo que pides! Exclamó el viejo.

Mientras se acordaba lo que le había dicho el hombre de blanco.

— ¡Esta bien! Sacó cinco monedas y se las dió al anciano, quien con muestras de alivio y alegría se fue. Mustafá siguiendo las instrucciones y frotando la lámpara, pidió por la salud del hijo del hombre.

— ¡Ya está! ¿Y ahora qué hago? Le pagué y pedí con mucha fé por la salud de su hijo.

—¡Muy bien! Pronto tendrás doble recompensa por tu acto.

El hombre de blanco se fué y dejó la lámpara, a lo que Mustafá le dice: — ¿No te llevas la lámpara? Él contestó sin darse vuelta: — ¡No te preocupes! Ya vendré a buscarla.

Pasaron unos días. Los golpes en la puerta sobresaltaron a Mustafá, miró por la ventana y vio que era el anciano del reloj. Abrió la puerta y muy contento le dice: — ¡Mi hijo se salvó! Y vine a agradecerte por el dinero que me diste, gaste tres monedas, por eso te devuelvo dos en señal de gratitud. Sin tu ayuda no hubiera podido salvarlo.

Mustafá sonrió feliz, esta vez no fue por el dinero. Sintió regocijo por el bien que había hecho.

El hombre de blanco, nunca volvió a buscar la lámpara. Mustafá, sabe que desde el día que lo conoció, siente que está con él.

 

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