"FROTANDO LA LÁMPARA" - DÍA 11
REENCUENTRO
Jokalaria ( Argentina )
Caminaba por el barrio marroquí mientras la noche caía
acompañada de una brisa fresca. Los pensamientos se iban arremolinando en su
cabeza, como si las vacaciones nunca hubiesen empezado. A pesar de los
kilómetros que lo separaban de sus obligaciones cotidianas, a pesar de haber
ahorrado tanto para aquel viaje y de tantos esfuerzos realizados, no podía
decir que lo estuviera disfrutando. El cambio de escenario, de idioma, de
clima, no había surtido efecto en su sistema nervioso. Allí estaba, forastero
más que turista, pensando una y otra vez en las cosas de siempre. El trabajo,
el amor perdido, las pérdidas de personas muy cercanas, etc.
Dobló en una calle angosta y prácticamente sin
iluminación y se topó con un hombre muy mayor que sentado en una alfombra mullida
y rodeado de artefactos de plata y cobre, recitaba viejos poemas en su idioma.
Se detuvo un momento para escuchar al anciano, le había gustado aquella
sonoridad de las palabras que parecían olas rompiendo contra el aire de aquel
barrio. Sólo después de unos minutos se percató de que aquel hombre además de
recitar sus poemas estaba frotando la lámpara que tenía sujeta con las plantas
de sus pies.
Pensó en los cuentos clásicos donde aparece un genio y
entonces se piden deseos que son cumplidos y que luego traen grandes
desgracias. Pensó en que podría pedir él si se presentaba la ocasión. No dudo,
ver una vez más a su madre, escuchar su risa, ser sorprendido por su mirada
amorosa mientras él hablaba de cualquier cosa.
No había mediado palabra, con el viejo de la lámpara,
sin embargo, aquel hombre dejó de recitar sus poemas, hizo a un lado el
artefacto con sus pies, y lo miró fijo. Después de unos segundos de
incomodidad, le dijo “está hecho”.
Él quiso preguntarle qué cosa estaba hecha, a qué se
refería, pero enseguida el tipo volvió a recitar sus poemas, cerró los ojos, y
fue inútil cualquier intento de comunicación.
Esa noche, ya en el hotel, comió liviano y se fue
acostar. Por su puesto soñó con su madre y también con aquel viejo de la
lámpara todo parecía muy real, salvo la extensión de aquel sueño que no se
interrumpía bruscamente como los otros, los de siempre. Se sorprendió pensando,
dentro de la ensoñación que aquel viejo era un fraude, que soñar con alguien no
tenía nada de maravilloso.
Su madre lo acarició con esa mirada que ponía cuando
él era chico y no comprendía las cosas, sólo entonces se dio cuenta de que ya
no despertaría.
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