"HASTA LA VICTORIA SIEMPRE" - DÍA 10

HASTA LA VICTORIA SIEMPRE

Marilina Julieta Di prisco rojas (Argentina)


Para alguien con las convicciones del “CHE” Guevara, morir en combate no era otra cosa que una victoria. “Siempre, patria o muerte” tal como rezan sus últimas palabras dirigidas a Fidel Castro, aunque éstas hubiesen pasado a la historia erróneamente como: “hasta la victoria, siempre” a causa de una coma mal leída por el mandatario cubano.

Ese médico de tropa estaba dispuesto a verter su sangre por cualquier pueblo en busca de la redención de los oprimidos. Los humildes. Los pobres. Los explotados. Su mente y su corazón no sabían de banderas, se inspiraban en la lucha.

Así, es que ofreció su más alta expresión de solidaridad con una devoción plena y tenaz. No necesitaba grandes argumentos para hacerlo, le alcanzaba con algunos hombres decididos (siquiera instruidos), armas en mano, y un importante sentimiento revolucionario: el desprecio al imperialismo. Sin más que eso salía al combate, internándose en montañas para llegar a esas guerras en las que se perdía hasta el miedo a la muerte. Frío, sed, hambre, cansancio, enfermedades, sudor, ropa sucia, soldados traicioneros y campesinos delatores. Liberar a las masas no era tarea sencilla, no había un único enemigo al que vencer. El más difícil:  el pensamiento dominado.

La revolución cubana lo envalentonó hacia el sueño de una América libre de conciencia, unida, independiente, con justicia social.  Con su hambre de rescate y sus ideas profundas, partió a Bolivia a escribirle una nueva página a la historia. Encontró en cambio la muerte, tal como lo esperaba, estoica. Con la magnitud de su disciplina, pudo mirar a los ojos a la persona encargada de fusilarlo, allí en la escuelita de la higuera donde, una vez prisionero, le curaron las heridas y lo despojaron de sus pertenencias. Con el optimismo propio de su intransigencia encaró la orden que mandaba a asesinarlo, y mirándolo a los ojos le exigió al soldado elegido, que se ponga firme para matar a un hombre.

Su cuerpo tendido y lavado recorrió el mundo en una foto tomada por los responsables de semejante hazaña. Sus ojos, se enfrentaron al viento cuando en un helicóptero lo trasladaron para su exhibición. Y así, abiertos, quedaron. Como mirando el mundo.  Impregnando con su presencia la transformación de aquellos hombres y mujeres que decididos y decididas emularían su ejemplo por el resto de la historia.

Su cadáver, desaparecido, afirma lo que la memoria reclama. Liquidar su cuerpo era más sencillo que sentarlo en un banquillo. Después de todo murió por sus ideas, pero sus ideas aun no mueren.

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