"NARANJAS" - DÍA 18

EL ANSIADO PREMIO DE LOS PICADOS

Gabriel Esteban Gómez (Argentina)

 

Como siempre cuando había que explicar algo, tomó la palabra el Tite Saavedra y muy tranquilo y pausado dio cátedra:

-Miren es muy sencillo: le hacen un agujerito acá en la parte de arriba, y después tranqui van chupando el jugo mientras aprietan no muy fuerte. Así se toman todo el jugo y después se comen la pulpa-

Nos daba así una clase práctica de cómo comernos ese manjar que eran las naranjas que nos regalaba el Turco de la frutería, cada vez que teníamos un partido de fútbol importante o alguno de esos serios que en general eran contra algún rival de los buenos.

El Turco era un gran tipo que había caído en el barrio hacía ya muchos años y vivía para su pequeño negocio que le permitía vivir bien y darse algunos lujos. A diferencia de otros comerciantes del barrio, el Turco nos quería mucho y casi que se había hecho nuestro protector. Cada vez que teníamos un partido chivo nos daba una bolsa de naranjas de las buenas; las jugosas le decíamos nosotros; que previamente ponía en su heladera. Eran el gran y preciado trofeo que llevábamos cuando íbamos a jugar, chuparlas y comerlas todos juntos a la sombra era casi como estar en el vestuario de una cancha profesional. Y encima si las ventas andaban bien, el Gallego del almacén de la vuelta de casa nos daba en una bolsa las galletitas rotas imposibles de vender, con lo cual como diríamos hoy en día, el tercer tiempo de esos picados eran la gloria misma.

El ritual de las naranjas nos acompañó durante años y ya era un clásico la bolsa fresca y pesada de naranjas, que para nosotros era la ayuda ¨extra¨ que nos hacía ganar los partidos de los sábados por la tarde. Llegamos alguna vez a olvidarnos las camisetas viejas y remendadas que nos transformaban en el mejor equipo del barrio de Villa Crespo, temido por rivales varios de la zona.

Y hasta en un momento llegamos, en un ataque de lirismo futbolero, a no comerlas si no teníamos un buen partido, sino jugábamos bien o la derrota aparecía en los picados. Tan organizados éramos que las devolvíamos a un extrañado Turco que ni lerdo ni perezoso las volvía a poner en el cajón de ventas y nadie se enteraba cuando las compraba

Juro que años después vuelvo a pasar por donde estaba ese potrero de la calle Vera, para variar hay una gran torre de 10 pisos con departamentos de lujo, si me permito cerrar los ojos vuelvo a oler la fragancia de aquellas naranjas que nos esperaban dentro de la bolsa de feria, frescas y jugosas para deleite de nuestra infancia.

Es una gran caricia al alma de un tiempo, que como otras cosas, ya se fue.

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