"NARANJAS" - DÍA 18

MUNDIAL DE FÚTBOL

Héctor Gurvit (Argentina)

 

Querida Kity

Vengo de la casa de mi hermano, el mayor. Se suponía que tenía que cuidarlo. Ya te lo dije, está operado del corazón. Le cambiaron una válvula, le arreglaron otra y no sé qué más. Apenas llegué exprimí naranjas, le puse hielo y nos tomamos el jugo mientras esperábamos el comienzo del partido de Brasil contra Croacia. Me iba a quedar hasta mañana, sábado, pero me fui antes.  Él lo vio, porque yo me dormía de a ratos y me despertaba como sobresaltada. Después, cuando el partido estaba por terminar le hice de comer. Cociné tallarines. Los secos, los que vienen en paquete. Los condimentamos con aceite, manteca y queso rallado. El le agregó ajo en polvo. A mí el ajo no me gusta porque me repite y me deja un gusto en la boca muy feo. Lavé los platos y entre una cosa y otra se hizo la hora de Argentina. Y en ese preciso momento empecé a sentirme mal, incómoda. Porque no podía hacer ningún comentario. Cada cosa que decía me gritaba. Claro, como soy mujer, se supone que para los machos las hembras no saben nada de fútbol. En una oportunidad estaba él hablando, ya no me acuerdo ni de qué y yo lo interrumpí con un comentario. Entonces me dice:

-          ¿Yo puse punto final? – en un tono grosero, impropio.

Al rato, entro a la cocina y me dice: “esta puerta la tenés que tener siempre cerrada”. Es decir, hubo un momento en el cual se puso muy pesado y ya no me lo banqué más. ¿A esta altura de mi vida? Y teniendo en cuenta que venía a ayudarlo. Y menos de un machista, así que no me quedé ni medio en la casa. Eran las ocho de la noche y decidí irme. Con esa lluvia que parecía que se venía el mundo abajo. Por suerte argentina ganó. Por penales, pero ganó. La lluvia siempre me pone melancólica. Y recuerdo algo de Vallejo: “Me moriré en París, con aguacero”.

Así es mi hermano, el mayor. Y yo que estoy muy sensible. Que me da por llorar por cualquier cosa no dije nada y me fui. Me quise alejar de él, de sus manías, de su ingratitud. Pero para que seguir con esto.

Mientras se jugaba el partido, por alguna razón que no puedo explicar empecé a recordar nuestro viaje a Brasil. Seguramente habrá sido por el partido que perdió al mediodía. Y esos recuerdos los atesoro porque fueron de lo mas hermoso que me pasó en mucho tiempo. Y recordé como recogíamos caracoles con agujerito, la cabeza gacha fija contra la arena, en la inestable línea de la costa, en esa playa de nombre seductor, en ese país de lenguaje sensual y en un paisaje donde el espectáculo de la Luna ensombrecía cualquier otro. Éramos de andar descalzos todo el tiempo. Juntábamos caracoles con agujerito, la cabeza gacha, los ojos fijos, el mar como testigo. La playa, hoy, es una melancólica foto amarilla. “Tengo uno” gritábamos, cuando descubríamos una nueva joya de nácar y destellos azules y nos reíamos como si fuéramos niñas, pero no lo éramos. Buscábamos caracoles con agujerito en la Vía Láctea que dejan en la costa las conchas que expulsa el mar, después, hacíamos el amor. Vos los hilvanabas construyendo el collar del amor eterno, como Penélope su tejido. Y comíamos langosta y cangrejo y salíamos a caminar en lo oscuro por la inestable línea de la costa y nos bañábamos de noche cuando el mar parece negro y era toda una fiesta, porque nada era imposible y las estrellas estaban allí como pequeñas lentejuelas brillando en las cinturas de las bailarinas. Nos sentábamos en la arena sólida donde el mar llega con esa suavidad que te acaricia y hacíamos un hoyo para atrapar almejas y comernos las valvas. Sabe Dios si alguna de ellas hubiera dado la perla más hermosa del mundo. Y le comprábamos camarones al pescador que volvía del mar, los hervíamos en una olla de aluminio en la cocina a garrafa de la cabaña de madera donde las lagartijas se adherían a las paredes y nos visitaban los pájaros que no eran de temer al hombre. Luego hacíamos el amor, en dónde fuera y a la hora que fuera y nos bañábamos en el agua tibia del mar de esa playa de nombre seductor, en un país de lenguaje sensual. Otras veces, caminábamos por las calles del pueblo una y mil veces para uno y otro lado mientras en las cantinas retumbaban los tambores y se tomaba cerveza y un negro cantaba como sólo ellos cantan y otros bailaban como ellos sólo bailan. Mirábamos absortos tanta destreza y nos excitábamos con el sonido de los redoblantes y el baile de livianas ropas y ombligos al aire. En la playa juntábamos caracoles con agujerito. No hubo un tiempo mejor que aquellos, envueltos en la calidez del mar lejano de una playa de nombre seductor de muchachas bailando, moviendo sus cinturas y esas bocas de sonrisas eróticas. Íbamos a la playa de los pescadores a buscar langostinos. En la “praia do pantano do sul” nos compramos un porongo enorme que vibraba con el zarandeo de las manos. Vos te hiciste poner en tus cabellos cuentas de colores y brillabas como bañada en aceite y no había futuro ni pasado porque era estar como inventando mientras el sol se ponía lentamente sobre el mar iluminando de azafrán las pequeñas olas de porcelana. Volvimos en silencio, desgranando angustias que supuraban por la piel como un sudor de escalofrío, nada fue tan patético como nuestras miradas al vacío. María Creuza cantaba “tristeza nao tem fin, felicidade sim”. Y desde entonces, nunca más, junté caracoles con agujerito.

Te amo Kity, te amo.

 

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